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  • En Am rica Latina los

    2019-04-30

    En América Latina, los años noventa constituyen la década en la que los reclamos en términos de políticas de identidad en torno cycloastragenol la raza y la etnicidad, que habían comenzado en la década anterior, adquirieron su mayor densidad acompañados por las reformas constitucionales que convirtieron a las naciones en multiétnicas y pluriculturales. Estos movimientos vinculados a las negritudes, que tendrán su mayor despegue a partir del año 2000, han abrazado las políticas de la diferencia étnica, han apoyado la necesidad de hacer visible el impacto de ciertos grupos en las historias nacionales, y han luchado por la implementación de políticas diferenciadas de desarrollo que tomen en cuenta la singularidad de esas poblaciones. Consecuentemente, reconocer esta dinámica y su apropiación por la producción literaria latinoamericana de los últimos años, nos obliga a explorar esta última desde categorías diferentes a aquellas a las que tradicionalmente recurrió la crítica en torno a las negritudes, tales como el blanqueamiento, el sincretismo, la hibridación, la transculturación, el rizoma. El campo semántico en el que se mueve hoy esta literatura es el compuesto por categorías tales como “conciencia racial”, “autenticidad”, “memoria ancestral”, “orgullo negro”, entre otros. Si bien estas categorías pueden ser rastreadas de manera aislada en alguna literatura anterior a este periodo, el cambio fundamental de perspectiva en los últimos años se halla en que ahora se afirma colectivamente, sobre la representación de “lo afro”, un modelo contradiscursivo apoyado en dos pilares principales: una política autoafirmativa de una subjetividad negra o afro, construida a partir de la idea de comunidad translocal unificada. En el caso de la literatura afrocubana, que es el material que compete a este artículo, y particularmente a la obra de Eliseo Altunaga, adopta especificidades en función de la propia singularidad sociopolítica de la Isla, pero, al mismo tiempo, se suma al guión transnacional que enfatiza una identidad afro-referenciada a partir de presupuestos básicos que historizan el pasado en términos de victimización, resistencia y contribuciones del “negro” en la construcción de la nación. Si bien hay escritores que durante los últimos años del siglo xx y principios del xxi se han preocupado por la problemática etno-racial o por incursionar en el mundo sociocultural de los afrocubanos, ha sido Altunaga el único en componer un corpus narrativo asentado en dichos tópicos y que, además, resulta abarcador de todos los periodos históricos cubanos hasta el presente. De allí que la revisión histórica de las obras del escritor cubano Eliseo Altunaga (Camagüey, 1941-), también guionista de cine y profesor en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de Los Baños, no se ubique sólo en el pasado lejano de la Colonia o la República, sino incluso en el más cercano de las primeras décadas revolucionarias y en el Periodo Especial en Tiempos de Paz. Su primer libro de cuentos Todos mezclados (1984), y su primera novela Canto de gemido (1988), ambos publicados por la editorial Letras Cubanas, son los intentos iniciales por ubicar al “negro” como referente de la identidad cubana y caribeña, alejándose de la idea de un simple aporte —del “negro”— a Rapid lysis mutants una identidad ya conformada unilateralmente por la presencia europea. El trabajo narrativo de Altunaga, que se completa con las novelas A medianoche llegan los muertos (1998), En la prisión de los sueños (2002) y Las negras brujas no vuelan (2005), constituye una extensión de sus artículos breves “La imagen que se evade” (1999) y “El otro componente” (1996). Ambas esferas, la ficcional y la ensayística son la plataforma desde la cual el autor abre el juego a las discusiones que circulan en su momento de producción, el Periodo Especial, en cuanto a la redefinición de la cubanidad y al espacio que se le otorga al “negro” en esa construcción. Para Altunaga, desde que se instaló la economía de Plantación se fue configurando una imagen de la sociedad cubana en la que el criollo de origen hispánico fue ideando constantemente medios simbólicos para desprenderse de sus posibles hibridaciones. El instrumento de consolidación social que mayor efecto tuvo por su perdurabilidad, según el escritor, fue la representación de la sociedad cubana desde las imágenes pictóricas que crearon un seudo-referente y lo dividieron en negros (vinculados a África) y blancos (asociados a Europa). Esta construcción se va a asumir como verdad y así irá transitando por la literatura, dice Altunaga, con imágenes bucólicas del pasado esclavista. El efecto es la continuidad del racismo, la desigualdad, la intolerancia, consecuencias lógicas de aquella imagen jerárquica.