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    2019-06-15

    Es así como se establece la relación entre los dos relatos: la novela histórica es parte de la novela policíaca y ambas tienden al mismo fin trágico, la mi2 muerte de su respectivo héroe. Al respecto, conviene hacer ciertas acotaciones sobre el término de “héroe”. Si bien en este último pasaje citado de Agosto, ubicado en los últimos capítulos de la novela, Mattos se siente cercano mi2 la figura de Vargas, no se deduce de parte del narrador una actitud totalmente condescendiente con la figura del presidente —evito aquí el término “dictador”—, ya que muchas de las consideraciones provienen de los personajes y no del narrador mismo. Valquiria Wey, en comunicación personal, piensa que la novela histórica latinoamericana tiende a deconstruir un mito para devolver un mito diferente, reinventado, y que en muchas ocasiones resulta si no favorable con la figura del dictador, sí sumamente atraída. Por su parte, María Cristina Pons subraya: Quizá tome mucho más tiempo y espacio meditar la propuesta de Pons respecto a Agosto, ya que el personaje de Vargas se muestra ausente en la mayor parte de la novela y cuando se muestra es sólo para señalar su decrepitud, abatimiento e impotencia. En varios momentos se percibe a Vargas recluido en su cuarto, vistiendo la pijama a rayas con la que habrá de suicidarse, en un momento íntimo que representa su vejez y su aprisionamiento. Las glorias del propio Vargas, sus logros políticos, lo bueno que tuvo en sus gobiernos marcados por un impulso importante al sector social, industrial, agrario y educativo, quedan fuera del registro de la novela y no son más que recuerdos. Al verlo desde esa perspectiva, Alzira Vargas tendría su respuesta en la propia novela: ese otro Getúlio Vargas, el del pasado, en efecto, sólo quedó en su corazón. Centremos ahora nuestra atención en el otro héroe de la novela: Alberto Mattos. Pensar en Vargas, a pocos días de su muerte, por supuesto que lo toma por sorpresa porque él mismo, en los primeros capítulos, se muestra desinteresado de la situación política que aqueja al país, cuando esa misma situación política es la que le impide resolver el crimen del edificio Deauville: la corrupción policíaca con la que tiene que lidiar, él mismo que es un policía marginal que se niega llamar de “don” a Blastoderm los bicheiros, de quienes el cuerpo policíaco obtiene jugosas ganancias y con quienes Mattos ha tenido muchas diferencias por las cuales se busca asesinarlo sin logro alguno; sus propios colegas que lo juzgan como bicho raro por ser el único que firma sus declaraciones de honestidad y por quienes será traicionado al filtrar los avances de su investigación al senador Freitas, quien decide, esta vez con éxito, eliminarlo. Así, Mattos pasa de ser el perseguidor al perseguido por las propias convenciones del contexto político y social en el que se desenvuelve y, al ser incapaz de leer estas conexiones, yerra en su intento de descubrir al verdadero perpetrador del asesinato y le es imposible intuir el peligro que corre. Si bien la pena que siente Mattos por Vargas es también un insight premonitorio, no apunta hacia el presidente de la República, sino a él mismo: ¿Por qué sentiría Mattos esa necesidad de entrar al Palacio del Catete, solamente para observar el cuerpo del presidente muerto?: Mattos es un personaje entrañable, con quien el lector se identifica fácilmente, y este efecto es logrado por Fonseca gracias a lo que Lukács considera como el “héroe medio”; es decir: Entonces, Mattos es sumamente prudente y su inteligencia es práctica, pero eso no impide sus equivocaciones en la investigación de los casos que le son asignados, ya que parecen ser llevados por el presentimiento puro o el golpe de suerte. Sin embargo, no es un policía inepto, ya que logra acercarse a la verdad (¿simbolizada en el cuerpo de Vargas?), a una distancia tan peligrosa que su vida se pone en juego. Mattos parece ser el último policía de su especie, un personaje en una encrucijada: apesadumbrado por los reos que día con día crecen en la comisaría, los libera con cualquier pretexto porque considera que tener encerrados a una horda de miserables no sólo debe ser ilegal, también le resulta inmoral; imposibilitado para el amor, se ve afectado por un amor que vuelve del pasado, Alice, quien a su vez lo conecta con los primeros indicios del caso, al tiempo que simplemente el cariño que le profesa Salete no puede ser correspondido, ni física ni sentimentalmente.